En 1992, una vez terminado su mandato como eurodiputado, Juan María Bandrés nos expresó su deseo de colaborar con CEAR. Era su manera de seguir estando en política pero de otra forma; de seguir defendiendo a aquéllos que más dificultades tienen para hacerse oír en esta sociedad competitiva e injusta en la que vivimos y a quienes siempre prestó atención como jurista y político.
Su preocupación por los problemas de los refugiados en España no era nueva. Durante la tramitación de la Ley de Asilo de 1984 participó en una propuesta alternativa a la del Gobierno y defendió las enmiendas presentadas por CEAR. No dudamos en presentar su candidatura como presidente de CEAR, cargo que aceptó sin vacilar. La razón que nos dio era convincente, aunque no evidente entonces: “No hay nadie más pobre que un negro sin papeles en la Gran Vía, o quizás sí: una mujer negra sin papeles”.
Como saben todos los que le conocen, el estilo de “hacer política” de Juan María Bandrés nunca fue el de las grandes palabras, ni el de los objetivos sometidos a estrechos idearios partidistas. Desde CEAR consiguió con un lenguaje claro y directo y un talante dialogante que los problemas complejos de los refugiados y los inmigrantes llegaran a la Administración y también a los ciudadanos; se interesó por los casos concretos y puso su intuición jurídica al servicio de las causas de los refugiados.
Durante su mandato se creó la Fundación CEAR, dedicada a la cooperación internacional, y gracias a sus gestiones Adolfo Suárez asumió su presidencia. Desde CEAR Juan María Bandrés hizo “política” en el mejor sentido de la palabra, aquélla que Josep Pla definió como “la astucia al servicio de la realidad”.